La sabiduría de la ignorancia

Consiste, para empezar y para terminar, en que en realidad no sabemos nada. Así, a bocajarro. Sin más. Pero si queremos seguir hablando del tema, diré que:

No sabemos nada porque no sabemos quiénes somos ni cuál es nuestra esencia.

Por lo tanto, no sabemos por qué estamos aquí ni qué hacer.

Requiere una gran honestidad por nuestra parte darnos cuenta de esto. Al fin y al cabo, tenemos una gran y fuerte tendencia a creer que sí que sabemos quiénes somos, así como lo que tenemos que hacer. Sé quién soy porque he estudiado esto, aquello, me dedico a lo otro, tengo un recorrido y una historia personal, una identidad definida, un montón de ideas, creencias y, sobre todo, pasado –mucho pasado-. Y también sé lo que tengo que hacer: trabajar, tener pareja, hijos, cumplir con mis amistades… o todo lo contrario: rebelarme contra todo y todos, por ejemplo, porque yo soy diferente. Lo que en realidad ocurre es que utilizamos todo eso que creemos que somos y todo eso que hacemos para ocultar que, en realidad, no sabemos nada. No tenemos ni idea.

Pero vamos a lo práctico…

Para demostrar que no sabemos nada, te invito a que mires a tu alrededor y elijas un objeto -cualquier objeto-. Míralo atentamente. Siente cuál es el propósito de ese objeto en tu vida. Para qué está ese objeto ahí. Cuál es la razón de su existencia.

Cuando miramos una mesa, pensamos que sabemos para qué es esa mesa: está ahí para poner encima mi jarrón con mis flores, por ejemplo. Pero, si podemos irnos a un espacio más profundo, cuando miramos esa mesa no tenemos ni idea de por qué está ahí. De por qué fue creada esa mesa. De qué hace esa mesa en mi vida y para qué existe. Cuál es su propósito real. Porque, no nos engañemos, todo tiene un propósito en esta vida. Y cuando digo todo, quiero decir todo todo todísimo. Hasta la última mota de polvo.

Así que elige un objeto, obsérvalo atentamente y trata de darte cuenta de que no sabes por qué existe ese objeto. No sabes qué hace ahí. No sabes su función. Una parte de ti cree que sí lo sabe. Tiene una idea clara y definida de que esto es para eso. No le hagas mucho caso y bucea más hondo. Y, quizás, encuentres ese espacio en el que percibes que, en realidad, no sabes qué es ese objeto. No lo conoces. Eso que llamas mesa tiene ese nombre porque tú decidiste llamarlo así en algún momento. Pero ni siquiera sabes cuál es su verdadero nombre. Ni siquiera sabes si tiene un nombre verdadero. No sabes por qué existe.

Ahora bien…

Si podemos acceder a ese espacio de ignorancia con algo tan básico, tan elemental, como observar una mesa, quizás podamos ir un paso más allá y acceder desde nosotros mismos:

¿Por qué existes tú en este mundo? ¿Cuál es tu función y propósito en este mundo? ¿Qué tienes que hacer en este instante? ¿Quién eres?

Siéntelo. Seguramente te des cuenta de que no lo sabes. Cuando te detienes un microsegundo, más allá de todas tus etiquetas e ideas, ves que no sabes quién eres… y a lo mejor descubres, de repente, por qué nunca te detienes.

Es, ciertamente, terrorífico observar que no sabes quién eres cuando tienes 36 años, o 70 años, o 13 años… Diría que es aterrador a cualquier edad.

Y solo dura un instante. Pero es un instante que hay que vivir y sostener para descubrir lo que hay tras él. Un instante en el que necesitamos ser lo suficientemente valientes para no huir despavoridos ante ese dolor desgarrador: el dolor de no saber. De no saber qué está bien y qué está mal. Qué es incorrecto y qué es correcto… Y permanecer ahí, en el abismo. Y sostenerle la mirada a ese abismo.

Pero si lo hacemos… si lo hacemos, entonces podemos empezar a ver nuestra vida de otra manera, y a vivirla con auténtica libertad. No sabes. Y no importa.

Porque cuando crees que sabes, empiezas a hacer cosas que crees que están bien, aunque no sabes nunca si esta decisión que estás tomando es correcta –entendiendo “correcta” como que va a traer bienestar y felicidad a todo el mundo-. Y no importa lo bien que lo hagas, lo bien que te comportes… Al final de los finales, a solas con tu honestidad, te das cuenta de que no tienes ni idea de si lo que estás haciendo va a ser beneficioso para toda la humanidad y para ti mismo, o no.

Es al asomarte a ese abismo de ignorancia en el que reconoces que no sabes, cuando puedes empezar a aprender. Aprender en el sentido de que puedes empezar a tomar decisiones en tu vida desde un espacio de libertad en el que sencillamente estás recordando lo que significa estar conectado con tu fuente, en el que empiezas a tomar decisiones desde un espacio en el que no hay culpa. Porque yo sé que no sé. Por lo tanto, no se me puede exigir nada: nadie puede decirme que debería haberlo hecho de otra manera. Porque yo no sabía. Parto de que no sé y de que estoy aprendiendo. Y hay ligereza ahí.

Así pues, puedo empezar a vivir mi vida con libertad y amor hacia mí mismo y con esa felicidad que me da saber que no sé y que la vida es una aventura. Y que cada decisión que tomo me va llevando, paso a paso, a descubrirme a mí mismo, pues son decisiones que parten desde un espacio de inocencia. Un espacio en el que reconozco mi ignorancia.

Por lo tanto, ya no puedo sufrir un castigo. Castigo que me autoinfligía porque pensaba que yo debía ser algo que no era, que yo debía haber hecho algo que no hice, que yo debía haber hecho otra cosa distinta… En definitiva, que yo debía saber algo que, desde el principio, era imposible que supiera.

Ahora puedo vivir mi vida con total libertad. Esto es lo que soy. No sé nada. Voy a ir dando pasos, según lo que la vida me traiga. Y daré un paso cada vez. Pues no sé nada.

Hay un regalo oculto en esto. Un regalo gigantesco que le haces, desde este no saber, al mundo. Y es que puedes permitirle al otro que haga esto también en su vida. Que viva su vida desde el mismo espacio de inocencia que tú has encontrado. Desde ahí se transforma el mundo: yo puedo equivocarme, y sé que no pasa nada. Sé que soy inocente en todos mis errores porque sé que nacen del lugar en el que me encuentro, del amor y de la paz que siento al saber que no sé nada y que, por lo tanto, no se me puede exigir nada. Y, ahí, permito también la inocencia y el error del otro. Y los abrazo.

Y eso, para mí, es el amor. Un amor que transforma y que nos devuelve a nuestro lugar de origen, a nuestra inocencia, desde nuestra ignorancia.

Imagen realizada por Mr. Physics


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